Llegó en plena cuarentena, cuando la casa y el corazón estaban más cerrados que nunca. Después de despedir a nuestra perra de 17 años, no queríamos saber nada con volver a amar así… pero la vida tenía otros planes.
Yo la venía pidiendo en silencio. No a cualquier perra, sino a la indicada. Le hablé al universo más de una vez, hasta que un día, sin buscarlo, apareció. Un conocido estaba rescatando perritos de un criadero clandestino, y entre ellos venía ella, chiquita, valiente y con un pequeño soplo que otros habían visto como un problema… pero que para mí fue simplemente parte de su historia.
La primera vez que la vi fue un flechazo total: entraba en la palma de mi mano, con su nariz rosadita y ese olor a cachorro que te reinicia el alma. Amor inmediato. Cuando la llevé a casa, mi mamá dijo: “esto no es un chihuahua, va a ser gigante”… (spoiler: hoy pesa 2,5 kg).
Creció, sí, pero en amor, en presencia y en todo lo que vino a enseñarnos. Hoy, con sus 5 años, es mucho más que una perra: es un regalo, un reencuentro con la alegría y la prueba de que cuando pedís desde el corazón… el universo escucha.