Pipo llegó a casa cuando tenía apenas 5 meses, con sus ojitos curiosos y su energía imparable. Desde el primer día demostró que era un verdadero luchador: su historia empezó difícil, casi no logra sobrevivir al nacer.
Pero Pipo nunca dejó que eso lo detuviera. Hoy, con su gran personalidad, llena cada rincón de ruido, alegría y travesuras. No es solo un perrito: es prueba de que los más pequeños pueden ser los más fuertes y los que más amor dan.