Chloé nació el 25 de mayo de 2015, pero llegó a mi vida el 5 de octubre de ese mismo año… y desde entonces, nada volvió a ser igual. Llegó para llenar un vacío enorme que llevaba dentro y, sin saberlo, terminó salvándome en muchísimas ocasiones solo con su presencia, su mirada y su amor incondicional.
Es la pequeña marquesa de la casa, título otorgado oficialmente por mí, su madre, porque señorita es un rato. No le gustan los paseos largos, mucho menos mojarse las patitas cuando llueve, y tiene clarísimo que salir a la calle sin modelito no entra en sus planes. De hecho, si no la vistes, se queda plantada en la puerta y no sale.
Es completamente mamitis. Sube escaleras cuando quiere, pero bajarlas… eso ya es trabajo para los demás. Y cuando desea algo, lo consigue siempre: cuatro grititos estratégicos y listo, porque una marquesa sabe perfectamente cómo salirse con la suya.
Tiene unos ojitos negros brillantes como aceitunas y unos bigotitos blancos finitos como los mikados. Pero, sobre todo, tiene esa capacidad mágica de convertir cualquier día gris en hogar.